Me apuñalo y
redimo,
me escurro y
yazgo.
La madrugada
silenciosa
me hace
coro
y
golpea mi nuca,
para
sedarme
y por fin tratar de morir.
El talón izquierdo
ya no reconoce a Aquiles,
prefiere hablarme,
reiterarme las nubes
que se ciernen sobre mi testa.
Mientras
los ríos de mi pueblo
siguen secándose
(a pesar de las lluvias de este mayo mío)
hundirme en mis propios huesos
no significa más que un tal vez,
quizás,
pudiera ser,
probablemente.
Probablemente la puta madrugada
me dé cenizas,
ron
o cicuta,
para que mi lengua
termine
trabada
y las colillas de
ausencias fumadas
acaricien el suelo.
Suelo despegar las
piedras
y los escritos sobre ellas
ya no serán designios mal habidos,
pétreas alas
o repentinos
ecos.
Las velas
están por sellar las últimas hojarascas,
los vientos
decididos a dejar los roces,
pero Tú,
no dejes de creer que la noche,
la madrugada,
el día y la tarde,
te pertenecen.