Cuarenta y cinco minutos te amé,
ahora sólo te odio,
por la espera,
por la duda,
por la ceguera,
el reuma,
o sólo por odio,
quizás.
¡Cada quién sea dueño de su ridiculez!
¡Déjame odiarte!
Como se odia a la sociedad,
a los semáforos,
a los fiscales,
a los claxon morbosos,
al monóxido
y a la tos.
Sólo fueron cuarenta y cinco minutos,
el resto para ser quién soy,
mostrar mis dientes,
mis cuernos,
uñas,
mugres
y mi sangre negra.
Deja que petrifique el amor
y reine este odio,
callejero,
de perro amarillo,
de sarnas de hormigón,
de interminables bestias...
...deja que impere este odio.
...deja que impere este odio.
1 comentario:
Caramba... Que profundo...
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