Se aclaró la garganta la tarde y partió,
por el horizonte,
sembrado de chivos
y décimas.
Parturienta de cuatros y cumacos,
de negras bailadoras,
negros rezanderos
y litros de aguardiente.
Se anudó el jazmín
y la cuajada
al hombro
y sin montura arrió su bestia
de siete leguas.
Extendió la diestra mutilada
y apretó la siniestra al cabresto,
pues la izquierda siempre le tuvo más temple.
¡Potestad de los dioses
se descubrió en ese momento!
Ahora la tarde se aclara la garganta
y el pensamiento,
siempre siniestro hermano,
siempre siniestro hermana.
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