Sin aire aquel mundo,
sin cuello aquel hombre,
para respirar
o
ahorcarse.
Fui un dios sin universo
y un fin deseado.
Entre Europa y el mar hubo un complot obligado.
¿Un mar sometido?
Capricho nuevo de algún dios emborrachado
de vino o coñac
que acabó al maíz ancestral.
Sin tierra,
sin semilla,
sin nombre
durmió mi Abyayala,
hasta que la centella hizo gemir al planeta
y surgió una mano siniestra,
una bota,
un sable
y un juramento Sacro.
¡Libertad arisca!
¡Voy por tu mano!
Se escurra la miel de este parto
y la hiel de los nuevos Judas
o los tantos Pedros.
Pacten las aguas,
las palabras.
Es la nueva hora…
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