Besar los besos que me dio la envidia
sin camelar el polvo y la salpicadura del hollín
arribado esta mañana,
sería tanto como entregarse al Mar Muerto.
Hasta allí llegó Jesús,
pudo haber sido Pablo y el Imperio Romano,
pero no,
fue ese cristo,
el capricho de un Dios
quien quiso mandar a probar a la Parca,
pues todos pregonan la beldad de sus senos,
el embriagador y agrio calostro que mana de ella,
damisela y madame.
Causa y transformación.
¿Dónde quedó el sermón de la montaña?
Seguro que en la montaña.
¡Vamos a la montaña!
¡Volvamos a ella!
¡A su garganta verdusca!
Cantemos himnos no a dios,
mejor a los de abajo
¡A los silentes!
Besaré otros besos,
como el de Judas y el del Maestro,
como el de Gaitán
o el de Simón,
el de Magdalena
o el de Manuela
y conjugaré mi entender
y mi convicción.
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