Descubro que tengo tu edad.
Me convierto en humo
azul y albo,
en ceniza y lumbre,
invirtiendo los relojes dalicianos
y las ánforas de mil y una noche.
En mi testa de guache
en su negación de cancerbero
ya renacieron dagas de nácar
y se han caído quizás sus hebras
como caen las almas
al otro lado del mundo,
en este lado de la dimensión
pretendida
o como caen las balas en el desierto
o las mentiras en los medios,
quizás como nunca,
tal vez como siempre.
Miré y encontré una sonrisa
y entonces
descubrí que tenía tu edad.
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