La humareda cubrió más allá
de los confines del terraplén
y en lugar de ahogar los pechos,
dopó en un asalto nuestras sangres.
Ya el Bucare no esta desnudo,
viste tus ojos,
tu palidez lunática,
las líneas de tu mano
los lunares de tu rostro.
Abre tus labios,
recibe mi polen,
mi semilla,
mi pulque y brindemos,
para que la humareda inunde tus morros
(y depresiones)
mi sabana
(y atardeceres).
Ya no tengo vida nueva
no tienes muertes que esperar,
si llega el juicio sobre una serpiente,
ya sabes,
ya se,
no hay nada por qué rogar.
Sin adelante o atrás,
en la vertiente o en lo abisal,
en el capítulo anterior
o en la tercera cláusula de nuestro testamento,
no hay nada que enmendar,
basta con sacudir con la mano izquierda
el hombro que más polvo lleva,
persignarse con la roca de Amalivaca
o bajo las tetas de Pulowi,
cumplir con el designio,
esperar otra tormenta.
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