Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi alma transpira angustia

Y mis manos agonizan lúgubres;

Clama la mirada ardiente en el rencor

Llorando la calma alguna vez en vida

Y ahora boga en el limbo

Burlándose de mi inextinta fiebre asesina...

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jueves, 1 de abril de 2010

Cuarto acto

Ya llegó el pasajero que faltaba,

cargaba entre sus dedos bolsas albas y repletas,

y en su rostro un desdibujado camino

al compás del día que se mostraba.


Sus rodillas roídas de tela y mugre,

y en sus uñas una prístina inquietud reflejaba su edad.

Veinte pudieron ser o un poco más de alboradas

y madrugadas despechadas

estaban plasmadas en sus coyunturas.


En yunta sus pupilas

reflejaban el sueño que perdió a primeras horas

y al parecer había retornado,

empero también en yunta sus labios

se asían de su auricular para con voz airada exclamar:

¡no te escucho!


¿Quién quiere oír sí un frío amanecer

monopoliza huesos, cuero y sentidos?


Empujó la intranquilidad en llantas tibias

que mordían el pavimento ensaviado de otras vidas

y sin mirar a lado alguno,

decidió aceptar que pertenece ya a otra dimensión.


Mientras tanto,

¿Dónde estas tú?


Sé que volviste desnuda

y con una culpa sexual sobre tú santuario,

a ver sí está Cuaresma mía o esta Semana Santa ajena,

redime entre el mirto florido y el araguaney presumido,

tú suerte de Magdalena entristecida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

cada uno de tus poemas llevan consigo la esencia de tu existir y la naturaleza ineludible de tu pensar que plasman en cada una de sus letras una verdad mitologica de la realidad.

felicidades.....
DMBO

Unknown dijo...

Cuarto Acto me inspira una ternura inmensa. Que lindo poema! tan hermoso que me provoca el llanto pero no un llanto de dolor sino de belleza, de profundidad.
Milagros Hernández.

Argonautas y Cristos Paganos; Magdalenas y Judas embarcados en este viaje

Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi cuerpo se pudre de desquicia

Y mi pecho purulento de lombrices

Gime plañidero retorciéndose en el fango,

Desdibujando la luz,

Blanqueando toda sonrisa que cíñese de mis labios

Que vomitan negros timbres iracundos.

Musadictos