Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi alma transpira angustia

Y mis manos agonizan lúgubres;

Clama la mirada ardiente en el rencor

Llorando la calma alguna vez en vida

Y ahora boga en el limbo

Burlándose de mi inextinta fiebre asesina...

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jueves, 30 de diciembre de 2010

Tercer Versículo


En el desdoblamiento del tiempo
todos fuimos al principio
o
al final.

Pubis y senos,
falos y manzanas
se confundieron en Adán
                    y
                      Eva.

Si el reloj del hospital
Y el del camposanto
tienen
siete
minutos
de diferencia entre sí 
¿cuál es el verdadero
                    hilo
                           del tiempo?

Sacúdanse las líneas
ante los ojos de las gacelas
o
de los cuervos
                    para que la vida se despliegue
         por estas ciudadelas perdidas  
                           o
            la muerte haga lo suyo.

Vine, aquí  estoy.
           Sí.
                    Para no dormir más.

Que se abran las comarcas,
              se estire la transversalidad
                              del verbo.

Ya vine, ¡aquí estoy!

Es el proverbio no visto
                     sí oído
                             no buscado.

Ahí estaban siempre dos,
                       siempre par
                               siempre.

En el retorno de las escrituras,
entre sombras
y
 zarzas rendidas brotará.

Aquí estoy.
Ya
     es  
         tiempo  
                     de  
                          mirar.

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Argonautas y Cristos Paganos; Magdalenas y Judas embarcados en este viaje

Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi cuerpo se pudre de desquicia

Y mi pecho purulento de lombrices

Gime plañidero retorciéndose en el fango,

Desdibujando la luz,

Blanqueando toda sonrisa que cíñese de mis labios

Que vomitan negros timbres iracundos.

Musadictos