Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi alma transpira angustia

Y mis manos agonizan lúgubres;

Clama la mirada ardiente en el rencor

Llorando la calma alguna vez en vida

Y ahora boga en el limbo

Burlándose de mi inextinta fiebre asesina...

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martes, 21 de diciembre de 2010

Segundo Versículo

Ramas secas, chamizas.

El estruendo y el principio.

Retorno y linderos esenciales.

Movilidad y dimensiones
que se cruzan,
funden
y dispersan.

Abre tu boca,
sí,
ábrela,
que tus fauces rompan esta línea
y tu ombligo la conexión,
matriz
y armen la asamblea.

Placenta, placentera
Tus cicatrices en placer
¿Relación o capricho plurilabial?

Gesticula la silueta del silencio
y en sí,
búrlate.

Heno tirado y mordido
recubre el camino
iniciado en otras vidas,
espíritus regados,
clavados de miradas y condenas.

¡Silencio otra vez invoco!

Sólo estas almas atónitas
de matanzas escondidas
vomiten su testimonio,
el último.

Acá está el mentor aguardado,
entró dormido,
respiró,
desorbitó los ojos,
tomó la decisión.

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Salmo

De sangre sus lágrimas y su lengua;

Y sus ojos: flamígeros como el cielo

Trastornado que habló en Sodoma.

Mi cuerpo se pudre de desquicia

Y mi pecho purulento de lombrices

Gime plañidero retorciéndose en el fango,

Desdibujando la luz,

Blanqueando toda sonrisa que cíñese de mis labios

Que vomitan negros timbres iracundos.

Musadictos