El viejo tomó sus canas
- lo único propio-
las mujeres
y la perra prestada
-también-
y sin devolver una palabra,
ni siquiera un suspiro,
alargó sus zancadas de fango y opera.
Miró la patria chica
y el catre
y ya sin miedo
ni flatulencias siquiera,
se desterró de arrugas y juanetes,
brincó la línea
y se esfumó.
Las canas se transformaron
(en cuernos)
y las mujeres sonrieron
en otros puentes,
las fuentes rompieron
en otras copas
y violaron las leyes del aren,
ni la perra evitó entregar su ardor
en la calle del frente.
Cuando miró el ocaso
detrás del cortinero,
donde el más allá
no es otro cuadrante sino el ventanal,
colgó los hábitos
y comenzó a vivir.
Ése,
es otro cuento.
02/02/2011.