I.
Y caminé con mis brazos yertos
En un sendero infinito
Que señalaba un horizonte,
El de la lobreguez
De los avernos;
Era fuego,
Era fuego y azufre;
No llegué nunca,
Jamás vi algo,
Era fuego,
Era fuego y azufre.
Y caminé con mis piernas yertas
Bajo el agua que descendía
Sin señalar dirección alguna,
Ni la de la claridad
De la tierra;
Aun cuando era inmensa,
Inmensa y tibia
No llego nunca,
Jamás vi algo,
Era inmensa,
Inmensamente tibia.
Y caminé con mis ojos yertos
De frente a un augurio borroso
Que mostraba el futuro:
Sangriento avenate
Del final…
…y caminé burlándome
De este mundo,
Del fuego de los avernos,
Del hedor de la tierra,
Del indescifrable futuro…
…y caminé con mi sangriento avenate
Sin llegar a un final.

II.
Y del cielo brotaban rosas
Hermosos rocíos
De colores exóticos,
Eran lindas rosas
Calladas y misteriosas,
Nostálgicas,
Complejas,
Atentas y apasionadas;
Que murmuraban sin poderlas entender,
Comentaban la eternidad,
Describían lo imposible,
Explicaban el adiós sin poderlas entender.
Y del cielo brotó un pájaro,
Hermoso canto
De colores imparciales,
Era uno entre tantos,
Inquieto y amigable,
Sonriente,
Fugaz,
Locuaz y aguerrido;
Partió sin explicar nada,
No hablo de la eternidad
Ni dio importancia a lo imposible
Ni siquiera se despidió.
Y del cielo brotó la luctuosidad,
Hermosura incógnita,
De colores no sabidos,
Era horrible tristeza,
De alaridos ensordecedores,
Maldita,
Perenne,
Inoportuna y apocada;
Habitó en su silencio,
Era ella de la eternidad,
Era ella de lo imposible,
Explicó la espera sin poderla entender.

III.
Y en la noche de mi camino
Encontré a la luna
Que me observaba,
Que invocaba con su alma
Todas las paciencias
del universo.
Me envolvió en su claridad,
La admiré en su pedestal;
Pensaba en su soledad, su sabiduría;
Por su serenidad,
Mostraba segura
Su pasión
Por su locura.
Y en el camino hacia la madrugada
Me encontré con el cielo,
Estaba él saciado,
Magnífico, el que quitó el aliento
Todo lo veía,
Todo lo escuchaba.
Descubría su rostro,
Lo idolatré en su altar,
Amaba su compañía,
Su confianza,
Todo majestuoso…
…cerca de la aurora
Se instaló una parálisis…
…hasta que apareció él.
Y en el camino del horizonte
Se presentó junto al cielo,
Gualdo, feliz y radiante,
Rey de estrellas;
Todo florecía a su paso,
Todo lo iluminó…
…y en un vuelo encontré maravillas,
La belleza en la noche de mi camino;
Camino a la madrugada
El rostro que se descubrió
Y comprobé el poder
En el camino del horizonte…
…las locuras se duplicaron
El peumo letargo fue minúsculo.

IV.
Y en la saya de la naturaleza
Estuvieron los fríos cristales
Diáfanos,
Incesantes,
Incapaces de hablar;
Sólo se oía el tropel
Discreto y audaz,
Tranquilizador
Que emanaba de sus cuerpos,
Volando, quizás, hacia el abismo
O a la tibia tierra ahora helada,
Que, en fin, es el mismo fango.
Y en el seno de la tierra
Descasaban los gélidos cuerpos
Ciegos,
Inauditos,
Temerosos de caminar;
Sólo se escuchaban sus llantos
Fatigados y angustiados,
Insonoros,
Que despedían sus corazones;
Viviendo, quizás, frente a lo opresión
O en la seudo libertad del mundo
Que, en fin, es la misma muerte.
Y en el cáncer de un alma
Quería reinar un consuelo
Paciente,
Lírico,
Seguro al llegar;
Sólo se olía su frescura
Ignota y eterna,
Determinante,
Que se aferra a ese consuelo
Cuando las almas agotadas
O simplemente envejecidas
Lo reciben con paz y al fin en sosiego.